El fracaso de dios

30/11/11 11:21 PM Por Carlos Fausto , En , , ,



Si es que existe un dios manifiesto que no admite dudas sobre su ontología, ya Marx lo ha revelado claramente hace un par de siglos.
Se llama Capital y ante él concurren, con fervor y sin excepción, todos los habitantes del planeta -ejército de creyentes que alumbrados en el siglo de la globalización, profesan la sagrada palabra del monetarismo con o contra su voluntad.
Las religiones se incrustan con la ritualística adecuada en la consciencia de la sociedad, a través del mito, primero, y del rito posteriormente.
El dios dinero cuenta con uno o más templos a la vista para abrazar su fervor, se llaman también bancos y conforman las arterias de la dogmática actividad religiosa del Capital.
La circulación y acumulación sacra que da vida al misticismo de las monedas y los billetes.
Los pastores del oro se llaman también economistas, secretarios de Hacienda, gerentes y presidentes del Fondo Monetario Internacional y del Consenso de Washington.
Sus cónclaves son esotéricos e inescrutables.
Nadie sabe a ciencia cierta de qué manera se decide el destino de los mercados locales, los préstamos, los intereses y las condiciones que convienen, para dar paso a la bondad de los ministros espirituales.
Esta deidad con signo de dólares y euros es tan efectiva y eficiente, porque en el fondo ha cumplido sobremanera la promesa sagrada de la omnipresencia y la omnipotencia.
El Capital, mediante su doctrina capitalista y su pragmática neoliberal, ha penetrado maquiavélicamente todas las esferas de la actividad humana.
El amor se ha vuelto una mercancía, así como el arte, la cultura, las lenguas y la soberanía.
Aquellos aspectos y poblaciones que se niegan a participar de su fervor son violentamente arrojados al infierno de la extinción.
Pero además, este dios todopoderoso dispone de otros dioses a su servicio.
Las religiones, que en un principio compartían la dominación, ahora no son más que pequeños secuaces que logran fundir su "evangelio" en asociación con los sistemas de gobierno, con los mercados económicos y con los nichos ideológicos de la época; conjuntando de tal manera un Leviatán de control social multifacético, con poder panóptico.
El pecado también es un proyecto de represión en el sistema capitalista.
La sanción se aplica sobre el no-consumo.
El pobre, el desempleado y el paria son pecadores en esta estructura que exige contribuir virtuosamente.
La redención y la virtud se encuentran en el trabajo y en el consumo, el pecado es sencillamente la pobreza.
Ya lo dice Marx sobre el capital: "trabajo muerto que, al modo de los vampiros, vive solamente chupando trabajo vivo, y vive más cuanto más trabajo chupa".
Como todo dios el Capital es un dios cruel que se esconde en piel de cordero.
Su bondad se encuentra maximizada por los bienes del liberalismo: libertad y democracia.
En el fondo no existe otra libertad sino la del consumo y la democracia se distingue únicamente de las dictaduras por la puesta en escena de un proceso electoral de mediación, que en la mayoría de los casos resulta ser un fraude.
Sin embargo, como todos los dioses también (dicho en boca del profeta Nietzsche), el Capital adolece del destino de su propia muerte.
Las mismas fuerzas dialécticas fundadas por su dinámica ponen en peligro su estabilidad.
Existen por un lado las contradicciones culturales del capitalismo, el colonialismo hegemónico, las guerras convenidas, los errores en la economía de mercado, las tragedias ambientales y los abusos de extracción de plusvalía.
Pero sobre todo, están presentes las energías sociales como primer motor que pone en evidencia el fracaso del dios monetario.
El superhombre descrito por Nietzsche era aquel sujeto que no necesitaba a un dios para sobrevivir, ergo la posibilidad de su prescindencia.
La aspiración de una supersociedad -liberada de la dominación religiosa del capitalismo y su explotación maquillada- no es una pretensión de hegemonía e imperialismo del Ego, es una necesidad de libertad social legítima y de recuperación del sentido común de humanidad.

El arte y sus revoluciones

22/09/10 2:34 PM Por Carlos Fausto , En ,



Existen dos posiciones respecto del arte. La primera de ellas probablemente tiene como fuente el propio gremio de los artistas, ya que dicta esencialmente que el arte es una actividad sublime del espíritu humano. Esta determinación hace referencia a un motor interno de la creación individual, un manantial de producción de la estética, de lo bello y de lo sublime que incide directamente en la percepción del público. Desde esta perspectiva, los artistas nacen, no se hacen. La sensibilidad para inventar arte, así como para consumirla, es una virtud que sólo los seres humanos poseen -ab initio- y al igual que los sueños, no tiene límites.

La segunda actitud es más bien escéptica y establece que la actividad creadora es un campo de la actividad humana mercadeada por clases, encumbrada desde la lógica burguesa y retenida por un grupo selecto de quienes se llaman a sí mismos “artistas”: pintores, escultores, grabadores, músicos, escritores y demás personajes. El arte se aprende y se transmite. Al igual que un médico necesita de una acumulación de conocimientos específicos para interpretar una radiografía, el consumidor de arte, y el propio artista, requieren de un entrenamiento cultural particular para tomar acción en el ámbito de lo artístico.

Sartre afirmó que aprendemos del mundo según tres vías: a través de la percepción, por concepto o por imágenes. El “perceptum” está estrechamente relacionado con el conocimiento empírico, se afinca en la experiencia y recoge el material de comprensión de lo experimentado. El “conceptum” habla del saber especulativo, es decir, de la filosofía. Una radiografía que se abstrae de la apariencia para determinar la esencia de las cosas. Finalmente, las imágenes sugieren la alternativa imaginativa del pensamiento, la capacidad para crear lo fantástico y lo alusivo.

El arte, desde cualquiera de las posiciones en el principio vertidas, subyace como un lenguaje de la imaginación humana, en otras palabras, se vincula con la tercera fórmula de contacto con el mundo descrita por Sartre. No es conocimiento empírico ni especulativo, se afianza como un tercer tipo de experiencia cognoscitiva que excita los sentidos y la capacidad reticente de la representación. A decir verdad, podría relacionarse con la categoría de éxtasis místico promovida por las faunas simbólicas de la religión. El éxtasis alude a una altísima carga emocional, opuesta al pensamiento racional, y que reabsorbe íntegramente aquello que se denomina como espiritualidad.

Pero ¿qué relación emerge entre el arte y las revoluciones? El sociólogo Daniel Bell contesta brillantemente la cuestión que titula este texto: “[El arte] es la actividad más libre de la imaginación humana […] la menos dependiente de las restricciones sociales […] y por esta razón los primeros signos de cambios en la sensibilidad colectiva se hacen visibles en el arte”. De la misma forma en que los movimientos artísticos se asimilaron como vanguardias en cada tiempo... “el antiarte de algunos cultos modernos podría presa-giar el lenguaje vernáculo y el impulso destructivo de miles el día de mañana”.

Bajo este entendido me es posible afirmar, con prudencia de la letra, que el lenguaje de las revoluciones tiene un origen íntimo en el arte. Si bien es cierto que el arte es una esfera ajustada por los linajes que acumulan la riqueza y la legitimidad cultural, su discurso se inscribe como una pauta para emular la locura por sobre la racionalidad, lo onírico por encima de lo empírico. Siguiendo a Freud: el deseo por sobre las limitaciones de los recursos. He ahí el umbral común de arte y revolución: soliviantar la consciencia colectiva para luchar por los deseos siempre reprimidos del súper Yo estatal. No en vano cada nuevo movimiento artístico es considerado hereje y antisistémico, en contraposición con la gran costumbre.

El arte de quejarse

12/08/10 10:35 PM Por Carlos Fausto , En

Quejarse es muy sencillo, sólo basta alzar la voz, hacer una mueca molesta o convalidar violentamente la protesta ante el otro. Uno aprende a quejarse desde la infancia. El llanto es el primer recurso que adquirimos para expresar el malestar del cual somos presa. Después, también consumamos la histeria como herramienta para lograr nuestros objetivos, aunque ésta sea más bien una perversión de la legítima posibilidad de queja.

El malestar puede ser dirigido contra una persona, contra un grupo de personas, contra una idea, contra un sistema o contra un modo. Es decir, todo es susceptible de protesta. Es común escuchar lamentarse por las condiciones económicas del país, por la calidad de un producto, por las consecuencias de una ideología, por las repercusiones de una actividad o por la codependencia de una relación afectiva. De facto, la queja o protesta es una actitud exclusiva de la raza humana para solventar los vacíos del discurso y de la acción colectiva.

Los actores sociales han legitimado a tal grado la queja como una acción individual y la protesta como una acción colectiva, que hay grupos formados y organizados bajo el argumento particular de la expresión de malestar. Los movimientos sociales son en esencia la alta concentración del argumento contra el discurso de la estructura dominante. Una expresión que contiene las energías de zozobra de una mayoría inconforme.

Pero si hay protesta es porque existe un otro actor representante del poder. Figura directa o simbólica que encarna la represión de la acción del otro. La opresión es facultada por un concilio: una venta de esclavos, un matrimonio, una constitución política, una promesa de seguridad, un contrato laboral, una relación parental, etc. Cualquiera que sea el caso, la sumisión tiene una frontera establecida en el propio acuerdo. Los gobiernos, por ejemplo, tienen el legítimo uso del poder para extraer recursos del pueblo y hacer uso de la violencia coercitiva, así como administrar y gobernar (tiránicamente o no) con la promesa de salvaguardad la integridad colectiva.

Sin embargo, al mismo tiempo en que se han desarrollado los mecanismos de rebeldía, también se han superpuesto los procesos de represión del malestar desde todos los flancos. La religión descarta la abdicación y la herejía asegurando que en «la otra vida» serás premiado con creces. El gobierno reprime la protesta criminalizándola. Las relaciones microsociales se han vuelto intolerantes antes la queja. E incluso el sistema capitalista ha derogado el malestar a los «organismos institucionales» de quejas, como procuradurías y secretarías de atención a clientes. -Si quieres quejarte que no sea con nosotros.

La administración conveniente de la energía social de protesta, subsume la conciencia libertaría y somete el espíritu de emancipación del sujeto que Camus definió como el hombre rebelde: «Un esclavo que ha recibido órdenes toda su vida, de pronto juzga inaceptable un nuevo mandato». Hasta donde describió Marx y la escuela de Frankfurt -posteriormente, el peligro latente de un hombre despojado del arte de la queja es la alienación de un sujeto inerte, un individuo sin libertad siquiera para pensar.

En tales condiciones, la máxima aspiración de un sujeto -sin protesta- es ganar lo suficiente para hacerse de la tumba propia un día antes de morir.

Columna 30/jul/2010

Axiología de la demencia...

16/07/10 11:30 AM Por Carlos Fausto , En


1. La negación colectiva de la locura es la primera y más grande evidencia de su existencia generalizada.

2. La manera más eficaz de notar la demencia es a través de la escritura: escribo la locura, escribo para no volverme loco ya que soy un tipo condenado a la demencia. Sin embargo, el lenguaje no tiene la culpa de la locura, es sólo una vía para escurrir la enajenación: no me culpes por la palabra, yo tampoco entiendo de qué manera la letra empuña el índice y el pulgar, para dar puerta abierta a la esquizofrenia.

3. La revolución de un solo hombre, en todos los casos, es mejor conocida como locura. Y sucede aveces que algunos delirios personales, se popularizan a tal grado que se convierten en nacionalismos o religiones.

4. La locura compartida suele ser entretenida: que me compartas de tu locura hasta que pueda asumirla como mía...

5. No obstante, cada loco con su cordura. El respeto a los delirios ajenos es la paz.

6. ¡Este mundo es cosa de locos! No se puede estar a salvo por las calles… mejor sería recluirse en un manicomio.

7. Hay un tránsito natural de la cordura a la locura. De hecho, la cordura es un tipo de demencia que se ha popularizado en la percepción colectiva.

8. La cordura está sobrevalorada. La cordura es insultante. La cordura es un manicomio con exceso de internos. Y hay días en que no amanece cordura por ningún rincón de este mundo.

9. No se deje engatusar por la realidad. Todos están locos. No lo dude: yo por ejemplo, le propuse matrimonio a mi psicoanalista y me dijo que estaba loco de atar.

10. Algún día de estos usted despertará y notará que la realidad ha sido un montaje mal improvisado para verle la cara. Bienvenido entonces a la locura.

En memoria de las letras

28/06/10 6:08 PM Por Carlos Fausto , En ,


La muerte de José Saramago, primero, y Carlos Monsiváis, posteriormente, resultó de una sorpresa non grata entre muchos de sus lectores o simples observadores de la opinión pública, en donde este par de monstruos de las letras incidían con sus aportes: novelas, ensayos, artículos críticos, opiniones que desnudaron la historia de nuestros valores, de nuestras convicciones más profundas como sociedad.

Saramago, un detractor por convicción, un hereje declarado en sus palabras. Reivindicando siempre el derecho a la herejía, a llevar la contra a un sistema de mercado que ha perfeccionado sus maneras de acumular riqueza, pero que ha olvidado el derecho a la vida y a la libertad. Ferviente enemigo de la idea de dios, lo que le valió una crítica constante de moralistas y derechas en el mundo, acusaciones de religiosos y conservadores que veían en sus ideas la consagración de un enemigo. Soliviantando las consciencias, fracturando la idea de sacralidad e incitando a la rebelión.

Monsiváis por su parte, un cronista de nuestro México bárbaro, un historiador y pensador de nuestro tiempo, desde su trinchera crítica en donde desbordaba de manera lúcida las manías de nuestro sistema. Describiendo con su osado acento el autoritarismo característico de los gobiernos mexicanos y la necesidad ineludible de una sociedad organizada y emancipada. Revolución de las ideas, de la inteligencia contra el poder, libertad de credo, de sexualidad, democracia y justicia social eran algunos de los preceptos que Carlos Monsiváis plasmaba en cada uno de sus escritos.

Ambos amantes de los libros, devoradores insaciables de las letras. Bienllamados hombres de izquierda, no por su afiliación en un partido político sino por su compromiso con la búsqueda de una estructura de igualdad y justicia para todos los sectores de la población. Saramago, por ejemplo, comulgó desde su juventud con el socialismo y estuvo siempre dispuesto a brindar su discurso en pos de ello, pero incluso esta simpatía fue cuestionada por él cuando decidió retirar su apoyo al régimen comunista en Cuba. Por otro lado, su pluma siempre fue soporte de las causas y movimientos sociales, así lo mostró cuando brindó todo su apoyo a las comunidades indígenas zapatistas en Chiapas, durante los momentos más álgidos del movimiento.

De igual manera Monsivaís fue un apegado de las luchas sociales y comprometido con diversas causas. Quizá la última de ellas, y la que le valió más críticas, fue su apoyo a Andrés Manuel López Obrador y el Movimiento de Resistencia Civil Pacífica. También aportó su posición en las disputas por la diversidad sexual, libertad de culto y derecho a decidir sobre el propio cuerpo. Sus ideas, plasmadas en columnas y ensayos principalmente, construyeron un fuerte de ataque contra la marea conservadora en el país, contra la moralidad insulsa que pretende dominar los cuerpos y las conciencias de los ciudadanos.

Con lo que nos quedamos es apenas un compendio de excelentes obras -ad memoriam rei perpetuam, las que la historia se encargará de poner en su justa dimensión. Sin embargo, el principal aporte de nuestros queridos escritores es la congruencia como forma de vida, el compromiso como posición ideológica y la lucha social como referente de los dos anteriores. La mejor manera de homenajear las letras caídas es continuar la lucha que ellos han sobrellevado de manera ejemplar. La consciencia de la opresión, el derecho a la herejía, a la rebelión, y finalmente, la organización para un mejor mundo posible. Ya lo dice Saramago, epistolarmente: Las miserias del mundo están ahí, y sólo hay dos modos de reaccionar ante ellas: o entender que uno no tiene la culpa y por tanto encogerse de hombros y decir que no está en sus manos remediarlo —y esto es cierto—, o bien asumir que, aun cuando no está en nuestras manos resolverlo, hay que comportarnos como si así lo fuera.

Publicado en Semanario Punto
Foto: Felipe Morin

Quebrar la realidad

23/06/10 2:36 PM Por Carlos Fausto , En ,


Cuan difícil es encontrar ese punto acústico de ruptura con la realidad. El momento preciso en que las mareas del cuerpo confluyen con un esbozo de actuación lobezna y la terrible asimilación del temblor que nos regresa a la tierra.

La capacidad para reinventar el mundo es húmeda, salvaje e irracional. Pero después, no hay nada que hacer sino volver a ser títeres de las dinámicas mundanas, de los cuerpos escondidos detrás de la moral, de la carne reprimida bajo el hábito.

El reingreso al manicomio de la cordura, ser aquellos locos que nunca se atreven a la felicidad.

El fútbol como pasión

18/06/10 12:23 PM Por Carlos Fausto , En ,

Sin lugar a dudas el fútbol es el deporte más popular del mundo. Así lo dictan el consumo de masas, la práctica colectiva de esta actividad entre niños, jóvenes y adultos; así como las ganancias millonarias que representa la comercialización del balompié.

La crítica general de este juego se concentra en el carácter alienante del mismo. Sin embargo, es conocido que la pasión por el balón ha encontrado fanáticos, incluso en aquellos intelectuales representantes de culturas o periodos enteros de pensamiento crítico. Albert Camus, por ejemplo, quien fue férreo portero de fútbol en su juventud, declaró: "Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, al fútbol se lo debo". Por su parte, Edgar Morin, filósofo francés, agregó: "No veo el fútbol como una forma de alienación moderna, lo siento más bien como una poesía colectiva".

La apropiación del deporte del esférico a la cultura popular y su acogimiento por parte de algunos pensadores no tiene otra clasificación que la de pasión. La pasión constituye todo lo humano. Sin ella, dice Balzac, la religión, la historia, la novela, el arte serían inútiles. El fútbol como pasión tiene ingredientes esenciales, sin los cuales no podría concebirse como un deporte que encabeza la pirámide de lo lúdico:

En primer lugar, el balompié es un deporte inclusivo. Desde sus orígenes este pasatiempo ha estado acompañado de un ambiente de carnaval con la participación de todos los estratos sociales, tanto a nivel de cancha como en los espacios destinados para su observación. En la práctica, este juego resulta sencillo, el único aditamento necesario es un balón, el cual en ocasiones es sustituido por una lata o un envase vacío, sobre todo en las competencias infantiles donde el grupo de amigos o compañeros escolares recrean las condiciones lúdicas del ritual deportivo. En la actualidad, según una encuesta realizada por la FIFA en 2006, aproximadamente 270 millones de personas (4% de la población) en el mundo están activamente involucradas en el fútbol, incluyendo a futbolistas de todos los niveles, árbitros y directivos.

Otro punto importante es la caracterización del fútbol como imaginario colectivo. Al grado de ser considerada como actividad cultural apegada a las prácticas religiosas. Ante una realidad desastrosa y falta de íconos sagrados representativos, el balompié reemplaza los dioses por los héroes, los escenarios de decadencia por la fe en los triunfos deportivos, la incipiente sacralidad por la admiración. La conexión entre deporte e imaginario comienza por la identificación de símbolos: los colores del equipo, el tótem que consagra la práctica mundana, las banderas nacionales y regionales, en pocas palabras, la vena que conecta a quien observa el deporte y quien lo práctica, mostrándose como uno sólo en la cancha.

Finalmente, y quizá el renglón más incisivo del deporte del balón, la comercialización del entorno futbolero. La pasión, además de ser un determinante humano, es un extraordinario material de mercado. Si bien el fútbol debe la génesis de su popularidad a su naturaleza inclusiva, el otro ingrediente de su masificación ha sido el mercado. El fútbol ha pasado de ser un deporte popular, a ser un negocio privativo, al menos en el acceso a los representativos nacionales o a los grandes clubes que absorben millones de dólares entre las entradas para el estadio, las publicidades que se pegan en los uniformes del equipo, hasta las cuentas por la transmisión de sus enfrentamientos. Ingresos que por supuesto se acumulan entre los dueños e inversionistas.

Si algo representa el fútbol es la pasión de un encuentro entre propios y extraños, y también, en el fondo, la atracción por la apuesta entre el triunfo o la derrota. El uso político e ideológico del deporte es mención aparte, acusatoria por supuesto, pero de cierta manera lógica, ya que detrás del esqueleto de lo lúdico siempre se encuentra la traición por la realidad, en otras palabras, alejar el pensamiento de los sucesos cotidianos. La realidad es negada continuamente como un ejercicio inútil de salvedad. Lo imperdonable es permitir que el placer de la pasión esté por encima de la presión de los focos rojos de nuestra realidad amedrentada.

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