12/3/12

El amor, la trascendencia y otros bichos


Todas las unidades de la experiencia contienen un mínimo de necesidad de trascendencia nos dice Koselleck. Si recuperamos la tesis matemática de la trascendencia aplicada a la teoría de los números, encontramos que lo trascendente se aplica a todos aquellos números «irracionales» que no pueden ser abarcados por el sistema de «numeración» común a los números algebraicos. Es decir, los números que se sabe que existen, y que de hecho son fundamentales para muchas operaciones matemáticas, pero que no pueden ser aprehensibles por la numeración. Esta referencia a la teoría numérica nos permite entender el otro significado de la trascendencia: la propiedad de exceder los límites. Y de qué límites estamos hablando, pues sobre todo del espacio y del tiempo.
El amor es sin duda una de las principales unidades de la experiencia en el acontecer de la historia vital de cualquier ser humano, ya en contra o a favor de las prenociones propias del concepto. Es a la vez un evento que irrumpe inesperadamente en el transcurso de la biografía; una recurrencia continua en el depósito de experiencias humanas; así como un acontecimiento que trasciende los límites del espacio-tiempo, es decir, «que sobrepasan la experiencia de los individuos y generaciones». Estas propiedades de unicidad, recurrencia y trascendencia no son otra cosa que la determinación tempo-espacial que atraviesa toda experiencia del amor.
Para ser más claro, tomaré prestadas dos categorías antropológicas de análisis que Koselleck aplica a los conceptos históricos: espacio de experiencia y horizonte de expectativa. Mutatis mutandis, al igual que en los conceptos de la narración histórica, el amor es una noción cargada de sentido con referencia en el pasado y en el futuro. Esta vinculación hace «avanzar» la definición del concepto y lo configura, de hecho. Produce narrativas amorosas, las metáforas con que interpretamos nuestra experiencia inasequible, y en el límite, muda. A la manera del espejo que sirve de mediación entre Perseo y la Medusa.
Esto es, que el amor no puede librarse, teóricamente, de su espacio de experiencia: de cómo nos ha ido en la feria –la praeteria de Agustín–; ni de su de su horizonte de expectativa, o sea, la esperanza de que «la felicidad se encuentra detrás de una montaña que tendrán que escalar», que así es como Nietzsche entendía uno de los impulsos por la historia.
Por supuesto, la acción del amor solo se lleva a cabo en el presente. Pero éste es un presente dialectizado. En él echamos a andar las historias previas, con las que calificamos y evaluamos el hoy, el ahora; y las expectativas de un futuro probabilístico, el cómo será mañana. En consecuencia, el sujeto amoroso es a la vez tres sujetos: el del pasado, que resignifica con los símbolos de su ayer; el del futuro que prescribe respecto del horizonte que supone; y el del presente saturado, la experiencia catártica que purifica los dos anteriores aprehensiones.
La condena puede ser fatal para los viejos (de experiencia). «La arrogancia de la edad puede conducirnos a la ceguera» dice Koselleck con certeza. Y desperdiciar, bajo el argumento de la acumulación, cualquier experiencia nueva. El amor entonces es nuevo solo la primera vez, y cuando recurre en la experiencia se transforma en un depósito, un patrimonio finito para codificar el mundo de vida. O, nuevamente, el espejo para mirar de frente a la medusa, sin convertirnos al paso, en efigies calcinadas por la piedra.

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