5/9/09

Desde Buenos Aires

Uno supone que las ciudades guardan ciertas peculiaridades en lo más hondo de sus entrañas. Claro, el nacionalismo mexicano, las costumbres folklóricas y las rugosidades cristiano-paganas que consumen el tiempo de los creyentes -en especial los doce de diciembre y en semana santa- también por supuesto el famoso producto nacional, el chile que tanto se echa en falta cuando uno sale del rumbo. Las visitas afortunadas a los países de las regiones cercanas nos permiten un par de reflexiones interesantes: en primer lugar, conocer los coloridos tonos del idioma español, las palabras que jamás habíamos escuchado y que finalmente tienen el mismo destino para nuestros objetos; las costumbres de convivencia social que cada espacio enriquece con la práctica; y la manera en como las moralidades y las reglas han configurado al nacional espacio de los otros. En segundo lugar, observar de cerca el lamentable avance del capitalismo en el mundo, la pobreza colectiva, la falta de plazas de trabajo y la miseria al por mayor entre los latinoamericanos, problemas que compartimos de raíz, conjuntamente con los políticos acostumbrados.

Al caminar Buenos Aires los comerciantes se acercan decididos a robar tu atención en un primer momento, y después, a vender la mayor cantidad de insumos para justificar su trabajo. Algunos hábiles vendedores han aprendido a identificar las manías escenográficas que cada personaje nacional muestra. Los mejores incluso saben que pueden lanzar sentencias étnicas directas -como el cazador que durante la prehistoria descubrió que los grandes depredadores se aniquilaban con certeza- para azorar el campo de consumo de los caminantes. Entonces el más atinado suelta la frase de la tarde: -¡Hey tú mexicano! aquí hay chamarras de piel mejores que en León Guanajuato- La propuesta suena tentadora, el vendedor ha demostrado primeramente, que conoce la ritualidad consumista local y además que, como buen prestidigitador, ha adivinado mágicamente la nacionalidad (evidente) del otro -quizá también la sonrisa confirmadora ha puesto en alerta las alarmas de vendimia del comerciante-

Los taxistas también resultan personajes conocedores del entorno. La primera pregunta sobre tu nacionalidad está relacionada íntimamente con el color de tu piel -por supuesto, diríase que la piel es el mejor de los pasaportes, sobre todo entre los ansiosos países hegemónicos, neuróticos por frenar la atracción de migrantes pobres a su centro- Si es que la piel es blanca, la primera opción sugerida es la de ser norteamericano, sino entonces europeo, y en ninguno de los casos habitantes latinoamericanos -esos no viajan muy seguido- Si la piel es oscura, la opción ha de ser cualquiera de los grupos étnicos indios de tu contexto inmediato, o sino, alguna nacionalidad que represente una amenaza migrante para los pocos trabajos de tu país, y evidentemente, en afectación directa para tu familia. Después que el taxista ha tenido la certeza de tu mexicanidad, la segunda etapa es endulzar la afinidad hablando de los equipos de futbol más populares -Chivas y/o América- después, continuar con las bebidas alcohólicas favoritas -cerveza y/o tequila- y finalmente, rematar con las comidas melancólicas, por supuesto, regresamos al arte culinario picoso tan ausente por los polos del planeta, será que el objetivo de los mexicanos es enchilar el mundo.

Pese a las manías tipificadoras para la seguridad de la interacción, los latinoamericanos somos más parecidos de lo que pensamos. Varias condiciones nos unen: el idioma como pilar de nuestra cultura, las raices como mosaico de nuestra etnicidad, y la miseria de la periferia capitalista como nuestro entorno de confrontación cotidiana. Por las mañanas levantarse y trabajar por un salario mínimo, alimentar a la familia y recuperar los fines de semana entre rituales religiosos y tardes futboleras. La concentración de la riqueza en las manos de pocos, las imaginaciones e imaginarios con ideales de consumo por encima de las posibilidades, las deudas y las estrategias corruptas de sobrevivencia. La clase política que se estrecha las manos para ejercer el teatro de las democracias, desde este lado el pueblo pobre, desde ese, los gobernadores-dictadores ejerciendo represión y control sobre los sujetos. Esta es la trama de lo latinoamericano, desde el norte de México hacia la punta de la Patagonia, ríos, montañas y ciudades, pero por sobre todo, personas, personas.

1 comentario:

Klam dijo...

La frase de que la misión de los mexicanos es enchilar al mundo me pareció genial, me hizo reír y siempre agradezco cuando alguien hace eso. Me gustó la crónica, fresquita, sociológica y cumplidora. Me deja con ganas de más.
Creo que las reflexiones que haces en torno a los asuntos de identidad, de la problemática de migración y estereotipos, son bastante atinadas.
Se nota que tienes buen ojo y que tienes el oficio de flaneur. Eso sólo hace incrementa mis ganas de comprobar tus afirmaciones.

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